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La perversión del lenguaje

13 junio, 2011

Llamar “reservas energéticas para el futuro” a los residuos nucleares no es un chiste —aunque lo parezca—, es una afirmación habitual de los defensores de la energía nuclear. Llamar “subvenciones” a los “incentivos o primas a la producción” de energías renovables —pese a estar muy clara la diferencia entre uno y otro concepto— no es un error, no es una cuestión de matices semánticos, no, es sencillamente una deliberada perversión del lenguaje con ánimo de descalificar las tecnologías limpias de generación de energía. Son solo dos ejemplos pero la relación sería interminable.

En efecto, el lenguaje se manipula, se retuerce, hasta hacer olvidar las diferencias que pueden existir entre una realidad y otra confundiendo los términos, ignorando la riqueza del idioma. No es una cuestión baladí. Es una inteligente estrategia para hacer calar en la opinión pública mensajes claros y directos que, en el segundo de los casos citados, lleva a la conclusión de que “las renovables son caras”, el slogan por excelencia de los reaccionarios energéticos.

Lo peor es que en ocasiones, hasta los convencidos de las bondades de las renovables caen en la trampa del lenguaje. Viene a cuento esta reflexión porque en la Convención Eólica, recientemente celebrada, el bienintencionado —sin duda— Director General del IDAE a la hora de justificar la nula ambición de los objetivos para las tecnologías renovables en el borrador del PER, que estaba presentando, argumentó: “es que, además, la renovables hay que pagarlas”.

¿Pero no habíamos quedado en que los retornos socioeconómicos son superiores, muy superiores al importe de las primas que perciben las renovables? Así al menos lo defiende el propio borrador del PER cuando en el punto 2, Contexto energético actual de las energías renovables en España, afirma que “sus beneficios para nuestro país son grandes con relación a sus costes” como le apuntó inmediatamente el vicepresidente de la Fundación Renovables, Fernando Ferrando.

Lo afirma el PER y lo llevan ratificando varios años los estudios macroeconómicos del impacto de estas tecnologías en nuestro país, AEE desde hace ya cuatro ejercicios y posteriormente APPA. Sí, si sumamos la reducción del precio del mercado diario que provocan las renovables al entrar a cero en la casación, más el importe de los combustibles fósiles que hubieran sido necesarios para generar los kilovatios que producen las renovables, mas el coste de las emisiones evitadas, mas la riqueza generada por un sector industrial del que —por cierto—disponemos de tecnología propia, más la creación de más empleo que las tecnologías convencionales, más el valor de las exportaciones de este sector, más lo que podríamos añadir de otros valores intangibles como fijar población en ámbitos rurales, por ejemplo, etcétera; sí, si sumamos todo, no queda más remedio que decir que las renovables son un excelente negocio para nuestro país.

No son un buen negocio, efectivamente, para las empresas que, equivocadamente, han invertido —cuando ya sabíamos que las prioridades de la sociedad eran luchar contra el cambio climático y como país reducir nuestra dependencia energética del exterior— en instalaciones térmicas de gas (los “ciclos combinados” que en una manipulación más del lenguaje obvian su característica principal: quemar gas).

La perversión del lenguaje llevó en la siguiente sesión de la Convención Eólica al Director General de Energía a afirmar que apostar por más renovables suponía también “aportar más recursos”. ¿Qué recursos? ¿Sale algún euro de los presupuestos generales del Estado? No, los únicos que aportan recursos son los inversores y las entidades financieras que cada vez lo harán menos dados los mensajes tan contradictorios que emiten nuestros gobernantes, incluidos los que se lo creen y se dejan arrastrar por esa manipulación del lenguaje.

Concluyo aportando mi propuesta:

a partir de ahora denominemos a los residuos nucleares “bomba de relojería para generaciones futuras” y a las primas o incentivos “acertada inversión para afrontar los principales problemas de nuestro modelo energético”.

En ambas definiciones he forzado un poco el lenguaje, sí, pero en este caso ¡son tan ciertas!

 

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