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Más madera

6 junio, 2011

El 4 de junio pudimos leer en la prensa el relato de la vista en la Audiencia Nacional de la demanda contra la decisión del cierre de la central nuclear de Garoña y cómo la Abogada del Estado, que defendía la decisión del Gobierno, aludió a las explosiones de Fukhusima, a que la responsabilidad en caso de accidente recae únicamente sobre el Estado y que hoy la central de Garoña no pasaría las pruebas de estrés.

Así mismo, descalificó el informe de la demanda, que en su día realizó el actual Secretario de Estado de Energía del MITYC, como “ni realista, ni fiable, ni verosímil”. Antes de que se produjera esta noticia hemos podido comprobar la fría acogida que ha tenido en nuestros medios la decisión de Alemania de cerrar todas sus nucleares en 2022. El editorial de El País del 31 de mayo decía que tras Fukushima la energía nuclear será tan cara o más que los ciclos combinados de gas, pero todavía más barata que la renovable. La Vanguardia de ese mismo día decía que los debates en caliente no eran fructíferos y que, en realidad, la mayoría de países europeos no podían prescindir de la energía nuclear. Para añadir más leña al fuego, la presidenta de la CNE el 1 de junio dijo que no vería mal una moratoria para la retribución de las renovables con el fin de reducir el déficit de tarifa. Blanco y en botella.

Sólo el enfriamiento de los reactores de Fukushima lleva gastados más de 3.700 M€, las reclamaciones ascienden ya a más de 15.000 M€ y no ha empezado la limpieza radiactiva que tendrá que pagar el gobierno japonés y la responsabilidad civil de las nucleares españolas sólo alcanza a 1.200 M€.

Decir a estas alturas que la nuclear sigue siendo barata es una estupidez y un engaño a toda la sociedad que es la que va a pagar las consecuencias de su inmadurez. ¿Baratas para quién?

Las nucleares son hay más inseguras no solo ante los riesgos sísmicos no previstos sino ante los riesgos de los ataques cibernéticos que ya se han producido, por ejemplo, a la central nuclear iraní de Bushehr en octubre del año pasado. La nueva arma cibernética Stuxnet no se ha incluido en las pruebas de estrés cuando la guerra cibernética ya ha comenzado y todas las instalaciones energéticas, no solo las nucleares, pueden verse afectadas a través de sus sistemas informáticos.

Seguir diciendo que las renovables son caras o inseguras y seguir frenando su crecimiento es un error intelectual y moral que solo corresponde a una cultura económica que persigue mantener aquellas actividades que, como la nuclear, solo tienen por objeto garantizar los mayores ingresos de dinero a sus propietarios con el menor riesgo posible y con el respaldo de los poderes establecidos, como pasa en este caso con el método de conformación de precios del pool que ningún gobierno ha querido cambiar en más de quince años.

Los costes de seguridad o responsabilidad civil se minimizan o ignoran, como ahora los de la nueva seguridad cibernética. Esos los pagará siempre el consumidor y no la cuenta de resultados de las nucleares.

En un escenario mundial en el que está cambiando la forma de entender la energía, con un crecimiento exponencial de las energías renovables y de las tecnologías de ahorro y eficiencia energética porque cada vez va a haber menos gas y petróleo barato para todos y en el que las fuentes de energía autóctonas van a determinar el liderazgo de las naciones, ha llegado el momento de cambiar nuestro modelo energético y sustituir el consumo de combustibles fósiles y nuclear por renovables y ahorro.

Y sustituir la falta de transparencia y la chapuza regulatoria que solo beneficia el uso irracional de la energía más contaminante por los principios de la internalización de costes y la solidaridad intergeneracional como fundamentos de un nuevo modelo energético.

No afrontar ese cambio ahora, ni querer liderarlo, va a ser una grave responsabilidad con nuestro futuro.

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